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Seguro que
todos ustedes han oído hablar en las noticias, en más de una ocasión, de que
tal o cual servidor de internet de algún organismo o empresa fue atacado
por piratas informáticos, haciendo que dejara de funcionar.
Por ejemplo,
el pasado mes de enero, después de que las autoridades americanas cerraran
Megaupload (un famoso sitio web dedicado a la descarga de vídeos por Internet)
los piratas informáticos lanzaron una serie de ataques contra diversos
servidores, entre ellos los del propio FBI.
¿Cómo se
realizan esos ataques? Para aquellos de ustedes que no entiendan nada de
informática, vamos a poner un ejemplo sencillo: supongan que una gran
multinacional tiene un servicio telefónico de atención al cliente y que alguien,
con intención de dañar a esa empresa, se dedica a bombardear durante una mañana
a ese servicio de atención al cliente con miles de llamadas con reclamaciones
falsas. El resultado sería que el servicio técnico de la empresa quedaría
colapsado, ¿verdad?
Bueno, pues
eso es lo que hacen los piratas informáticos cuando lanzan uno de sus ataques:
bombardear los servidores Internet con una avalancha de peticiones en un
espacio de tiempo muy corto, lo que hace que el servidor se colapse durante
horas, originando cuantiosísimas pérdidas económicas y de imagen a las empresas
y organismos atacados.
Para evitar
ser detectados y detenidos, los piratas informáticos se comportan de manera
bastante inteligente. Por ejemplo, en lugar de lanzar esos ataques desde sus
propios ordenadores, lo que hacen es otra cosa: durante meses, utilizan todo
tipo de técnicas para acceder a los ordenadores de personas normales que
utilizan Internet, e instalan en esos ordenadores unos programas ocultos, que
se quedan inactivos, a la espera de recibir las órdenes oportunas.
Cuando llega
el momento de lanzar un ataque masivo, los piratas informáticos envían una
orden a esos programas durmientes y, de repente, miles o decenas de miles de
ordenadores, pertenecientes a usuarios normales y corrientes, se ponen a enviar
una avalancha de peticiones al servidor Internet que el pirata quiera atacar. A
esos ordenadores que participan involuntariamente en los ataques lanzados por
los piratas informáticos se los denomina zombis.
En otras
palabras: el pirata informático lanza sus ataques utilizando como zombis los
ordenadores de personas comunes y corrientes, sin conocimiento de sus dueños.
De ese modo, si la Policía
trata de rastrear desde qué ordenadores se ha lanzado el ataque, se encuentra
con esos zombis. Y de nada sirve, por supuesto, preguntar a los dueños de esos
ordenadores, porque no tienen ni idea de lo que está pasando.
Eso obliga a
las fuerzas de seguridad a realizar complejas investigaciones, para tratar de
determinar quién es el verdadero cerebro de los ataques, quién es el que
controla esos ordenadores zombis que son los que llevan a cabo, en último
término, el ataque.
Ayer saltó la
noticia de que la sección 17 de la Audiencia Provincial
de Madrid ha decidido archivar la querella contra el ex-jefe de los Tedax,
Sánchez Manzano, que la juez Coro Cillán estaba instruyendo. Los tres jueces de
esa sección de la Audiencia
no han entrado a valorar si el ex-jefe de los Tedax mintió o no, si manipuló o
no pruebas o si respetó los protocolos de actuación en caso de atentado
terrorista o se los pasó por el forro de sus caprichos. Se han limitado a
archivar la querella diciendo que hace dos años otro juzgado ya había
desestimado otra querella similar contra Sánchez Manzano, presentada (nadie
sabe por qué) por el partido Alternativa Española.
En realidad,
lo que ese otro juzgado hizo es desechar aquella extraña querella quince días
después de su presentación, sin ni siquiera entrar a valorarla. Pero ahora se
utiliza torticeramente ese hecho para proporcionar una bofetada judicial más a
las víctimas del 11-M, que ven cómo les paralizan la causa por algo en lo que
ellos no han tenido ni arte ni parte.
Esa decisión
de la Audiencia
Provincial ha causado una lógica consternación entre las
víctimas del 11-M, que ven con desolación cómo se las cierra una puerta, otra
más, para intentar averiguar quién cometió la masacre de Madrid.
Pero nos
equivocaríamos si nos limitáramos a señalar con el dedo acusador a la sala que
ha emitido un auto tan escandaloso. Esos jueces, esos malos jueces, no son otra
cosa que zombis judiciales. No es entre ellos donde hay que buscar a quien
verdaderamente toma las decisiones, a quien tiene en su mano la posibilidad de
decidir si se investiga o no el 11-M.
A las víctimas
del 11-M las llevan toreando ya ocho años, mintiéndolas sobre la autoría de la
masacre, haciéndolas concebir luego falsas esperanzas en un juicio que terminó
convirtiéndose en una farsa y dejándolas por fin intentar la vía judicial
ordinaria contra los manipuladores de pruebas, para cerrársela de un portazo en
cuanto la juez correspondiente demostró que estaba dispuesta a ir hasta el
final.
Y en cada uno
de esos pasos se ha utilizado a los zombis judiciales para hacer el trabajo
sucio de engaño a las víctimas: primero Del Olmo, después Gómez Bermúdez y
ahora la sección 17 de la Audiencia Provincial.
Ante eso, las
víctimas del 11-M pueden seguir intentando recurrir, y pegarse de cabezazos
contra el muro de una justicia sometida al poder político... o pueden, por el
contrario, darse cuenta de que las están tomando el pelo, y de que quien manda
abrir o cerrar cauces judiciales en este tema no son los jueces, sino las
instancias políticas.
En lugar de
perseguir zombis, a quien hay que plantear las exigencias es a la cabeza
pensante, a quien tiene el poder de poner los recursos del estado al servicio
de la verdad o de la mentira.
En estos
momentos estamos dirigidos por un gobierno del Partido Popular que cuenta con
mayoría absoluta. Un gobierno que dispone de al menos dos vías legales
distintas para solicitar la reapertura del sumario del 11-M. Y que si no lo
hace será porque no le da la gana.
Ahí es donde
hay que dirigirse. Y pedir públicamente al ministro de Justicia que tome las
medidas que tenga que tomar. Y ponerle en evidencia si no lo hace.
Todo lo que no
sea eso, todo lo que no sea utilizar la fuerza de la opinión pública para
exigir a los poderes públicos que aclaren quién cometió la masacre del 11-M es
un esfuerzo inútil. Y, como decía Ortega y Gasset, los esfuerzos inútiles conducen
a la melancolía.
Lo único que
puede desbloquear la situación es que las víctimas del 11-M comprendan que no
tienen por qué limitarse a pedir la verdad. Por la sencilla razón de que tienen
derecho a exigirla. Pero no a los zombis, sino a sus amos.
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