Gabriel
Moris
“Confiad en la justicia divina”, esta
frase
nos la dirigió en una ocasión el juez Bermúdez…
Creo que no necesita
comentarios.
Afortunadamente, confiamos en ella.
No podemos decir lo mismo de
la justicia
administrada por nuestro Estado de
Derecho.
Comenzamos
un nuevo año bisiesto; digo nuevo porque en los dos anteriores ocurrieron
sendos atentados
terroristas preelectorales. Afortunadamente, en el año 2012
sólo hay elecciones en Andalucía. Por cierto,
coinciden con el octavo
centenario de la batalla de Las Navas de Tolosa. Yo no creo en las predicciones
de
los acontecimientos pero, en este caso, desearía que se produjera un cambio
de ciclo y, las catástrofes
precedentes, se transformaran en acontecimientos de
signo positivo.
El
año pasado, marcado por el paro, la crisis económica y la nefasta clase
política, no creo que, salvo
milagro, cambie la tendencia negativa que
arrastramos de las dos legislaturas precedentes. Sí quisiera
mostrar algo de
esperanza en el tratamiento y la resolución de otros problemas que, siendo
vitales, pasan
desapercibidos para las encuestas demoscópicas y la inmensa
mayoría de los medios de comunicación. Me
refiero evidentemente a los que
conforman la crisis de valores que padecemos. Este virus se nos inocula de
forma permanente hasta el punto de impedirnos percibir sus efectos nocivos.
Basta con asomarse a las
informaciones y los mensajes que sistemáticamente nos
brindan, o nos ocultan, los medios de comunicación.
Uno
de esos problemas es el posicionamiento de la sociedad y de las clases
dirigentes ante el derecho a la
vida de los hombres. La ley de "derecho al
aborto", los prolegómenos para una futura "ley de muerte digna",
la incorporación de personas del entorno terrorista a las instituciones y el
desistimiento de nuestros
dirigentes para acometer una planificación-a largo
plazo-en pro de la vida y de la familia, me hacen presagiar
turbios manejos
"consensuados" en torno al primero y más importante de los derechos
humanos: el derecho
a nacer del "nasciturus" y el derecho a vivir de
todos los hombres. Cualquiera puede pensar que exagero en
mi afirmación
anterior pero no es así. Las cifras de abortos lo ratifican. Seguro que las
especies animales, tan
protegidas hoy día, ni practican abortos voluntarios ni
matan a sus semejantes.
Soy
consciente de que la sociedad debe evolucionar pero las actitudes que
mantenemos ante la vida son más
bien involucionistas y regresivas. ¿No es acaso
eso quitar la vida en una sociedad que, voluntariamente, no
condena a muerte ni
a cadena perpetua?
Estamos
sólo a dos meses de que se cumpla el octavo aniversario de una masacre que
cambió el curso
normal de muchas vidas individuales e incluso de nuestra
historia como país. Ese crimen de lesa humanidad,
origen –en mi opinión– de la
mayoría de los males que nos aquejan, ha sido objeto de un gran despliegue de
medios y de recursos para su tratamiento pero, todo ello ¿ha servido para algo?
¿Sabemos quién atentó
impunemente contra tanto ciudadano inocente e indefenso?
¿Conocemos el por qué y el para qué? Este gran
atentado contra el derecho a la
vida de miles de personas ¿interesa en 2012 a la clase política que
protagonizó
los hechos y sigue siendo responsable de nuestra seguridad ciudadana? Las
responsabilidades
políticas y penales siguen pendientes de saldarse pero
¿alguien, salvo algunas víctimas, algunos ciudadanos y
algunos –muy pocos–
medios de comunicación, quieren abanderar la defensa de las víctimas de aquel
atentado, el esclarecimiento del mismo y la erradicación por prevención de las
causas que lo hicieron posible?
Todos conocemos los vencedores y los vencidos
de aquel atentado político, pero ¿hay algún acuerdo
institucional –tácito o
explícito– para que "los muertos (víctimas) entierren a sus muertos"?
"Nosotros nos
conformamos –de momento– con la alternancia", parece el
susurro de la inmerecida clase política que
padecemos desde aquella inolvidable
fecha de marzo de 2004.
La
justicia, virtud escurridiza cual pez en el agua, es otro de los valores que,
salvo honrosas excepciones, ha
sufrido una bajada considerable hasta el punto
de que, valores, otrora muy cotizados, han desaparecido de la
bolsa, pero con
su bolsillo intacto. En el caso del 11-M, la Audiencia Nacional ,
la que entiende de delitos de
terrorismo, parece dar por finiquitado un proceso
inconcluso y creo que sin instruir. La instrucción del "Caso
Faisan"
ha recibido por el juez Bermúdez un trato muy distinto a la pseudoinstrucción
del juez del Olmo.
"Confiad en la justicia divina", esta frase nos la
dirigió en una ocasión el juez Bermúdez... Creo que no
necesita comentarios.
Afortunadamente, confiamos en ella. No podemos decir lo mismo de la justicia
administrada por nuestro Estado de Derecho.
Pese
a todo, tres juezas brillan con luz propia
en el panorama jurídico de nuestro
país: Coro Cillán, en Madrid, investigando aspectos relevantes del 11-M y
no
abordados por la
Audiencia Nacional ; Alaya y San José, investigando presuntos
delitos de corrupción en
Sevilla y Lugo. Las tres hostigadas por los enemigos de
la justicia. Mi apoyo incondicional a su profesionalidad
y valentía. Lo que
debería ser normal en una sociedad sana, se convierte en excepcional en el
poder judicial
de una sociedad corrupta.
Pese
al panorama poco alentador que nos ofrece la clase política yo creo en las
personas y sigo esperando
que, algunas, a pesar de las instituciones, sean o
seamos capaces de seguir luchando por rectificar las
derivas de nuestra
sociedad. Sólo así podremos atisbar algo de luz en el horizonte inmediato y a
más largo
plazo. El esclarecimiento del 11-M seguirá siendo un elemento clave
en la regeneración de España como
nación.
“Confiad en la justicia divina”, esta
frase
nos la dirigió en una ocasión el juez Bermúdez…
Creo que no necesita
comentarios.
Afortunadamente, confiamos en ella.
No podemos decir lo mismo de
la justicia
administrada por nuestro Estado de
Derecho.
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