SOBRE
LOS INDICIOS DE FALSO TESTIMONIO:
«SABÍA QUE ALGÚN DÍA APARECERÍA
ALGO PORQUE
NO HE HECHO NADA»
/ SOBRE SU RÉGIMEN DE AISLAMIENTO:
«DENTRO
DE POCO ESTARÉ EN SILLA DE
RUEDAS»
Hacía cuatro años y medio -desde que el juicio por los atentados del
11-M quedó visto
para sentencia- que no se difundía ninguna imagen de la única
persona que ha sido
condenada como autor del mayor atentado terrorista de la
historia de Europa.
Pues ahí está: ése es Jamal Zougam en el locutorio del centro
penitenciario de la localidad
alicantina de Villena.
El preso marroquí pasa más de 20 horas al día en una celda de
aislamiento, sin contacto
con otros reclusos. Se encuentra enfermo, ha perdido
más de 20 kilogramos de peso y
tiene que usar gafas porque su vista se ha deteriorado, ya que apenas recibe la luz del sol.
Zougam tiene ahora 38 años y lleva los últimos ocho en el mismo régimen.
Le quedan por
cumplir otros 32 años y lo hará en esas mismas condiciones si no
acepta reconocer su
culpabilidad.
Los funcionarios de la prisión le han dado oportunidad de declararse
culpable en múltiples
ocasiones, y él ha seguido defendiendo su inocencia.
La única prueba de cargo en su contra es el testimonio de dos rumanas
que, en el juicio,
dijeron que viajaban juntas en el tren y que le vieron pasar
«muy deprisa» por su lado.
Se trata de J-70, que tardó en acudir a identificarle nada menos que un
año, pero que lo
hizo sólo 15 días después de que los técnicos del Ministerio
del Interior la descartasen
como víctima del atentado y le cerrasen la puerta a
las indemnizaciones. Tras acusar a
Jamal Zougam, cobró 48.000 euros.
La otra es C-65, que contó en su primera declaración que la persona que
le acompañaba
en el vagón no era J-70, sino una mujer distinta.
Zougam ha conocido las informaciones de EL MUNDO que ponen de relieve
que los datos
que cuestionan la credibilidad de las testigos se ocultaron al
sumario y, según las personas
que le visitan en prisión, no le ha sorprendido
que se haya descubierto que las testigos
pudieron mentir.
Durante esta semana y las anteriores, ha contestado por escrito a varios
requerimientos de
este diario: «Sabía que algún día aparecería algo porque no
he hecho nada. Yo no puedo
perder la esperanza. Se ha cometido una injusticia
brutal conmigo. Espero que el Estado
de Derecho repare la barbaridad que hicieron jueces y fiscales.
Deseo que se sepa la verdad».
El marroquí es el único de los condenados en el juicio de los atentados
del 11-M que, más
de tres años después de que su condena haya adquirido firmeza
y se haya convertido en
casi irrevocable, sigue defendiendo activamente su
inocencia: «Como siempre he dicho,
soy inocente y no tengo nada que ver con el
atentado.
Condeno éste y todos los atentados y condeno la violencia y el
terrorismo vengan de
donde vengan, y también condeno expresamente el terrorismo
de Al Qaeda».
«Sigo en aislamiento en la cárcel de Villena. Estoy muy enfermo de
artritis. He solicitado
que me lleven al reumatólogo hace más de un año y
todavía sigo esperando. Tengo
dolores muy fuertes y a veces no puedo caminar.
Si sigo así, dentro de poco estaré en silla
de ruedas», relata el recluso
marroquí, quien, antes de ser arrestado en la víspera de las
elecciones
generales de 2004, era un hombre fornido que acababa de contraer matrimonio
y
practicaba varios deportes.
EL MUNDO también le ha pedido a Zougam que haga un relato pormenorizado
de su
actividad durante el 10 de marzo, cuando los terroristas de la célula de
El Tunecino -con
los que no se ha demostrado que tuviese ningún vínculo- se preparaban para el atentado;
y el mismo 11-M, cuando los islamistas que
colocaron las bombas huyeron y él se quedó
en casa y siguió yendo a trabajar,
incluso después de que se difundiese el hallazgo de la
prueba que podía
incriminarle, la mochila de Vallecas.
«El 10 de marzo fui a trabajar, como siempre, sobre las 10.30 o las 11
de la mañana. En el
locutorio estaban también Bakali y Zbakh [su socio y un
empleado, respectivamente]. No
recuerdo si fue el mismo día 10 o unos días
antes, fui a un banco en Lavapiés a pagar
varias multas por unos 400 euros. No
recuerdo nada más especial ese día. Fue la misma
rutina de todos los días.
No estoy seguro de si comí ese día en el restaurante Barraca o si fui a
comer a casa de mi
madre. Recuerdo que uno de esos días comí en casa de mi
madre porque tenía que ir a ver
un piso para alquilar. Me había casado en el
consulado unas semanas antes y mi esposa
seguía viviendo en casa de sus padres.
En aquellos días estábamos viendo pisos para irnos
a vivir juntos. Por la
tarde, estuve todo el rato trabajando en el locutorio.
Sobre las 9.30, aproximadamente, me voy al gimnasio con Hassan Serrouk
[que tenía una
peluquería]. Estuve en el gimnasio hasta las 11.30.
También
estaba allí Mohamed Bakali [no se refiere a su socio, sino a otra persona que
se
llama igual].
Después me fui a casa entre las 11.30 y las 12. En casa cené y me
acosté. Estaban mi
madre, mi hermana Samira y mi hermano Chaoui, con el que
compartía habitación.
El 11 de marzo me levanté sobre las 9 o las 9.30 y desayuné con mi madre
viendo la
televisión. Samira y Chaoui se habían marchado ya.
Hablé por teléfono
con Chaoui para preguntarle por el tráfico.
Después fui al locutorio como siempre, la misma rutina de todos los
días».
Esto es: un relato preciso, con detalle de horas, lugares y personas que
podrían
confirmarlo y que constituirían una prueba de descargo contra él.
La fiscal, el juez Juan del Olmo y el tribunal del 11-M prefirieron
creer a dos rumanas sin
nombre que decían ser capaces de recordar -en uno de
los casos, un año después- el
rostro de una persona que habían visto en un tren
atestado de gente, pasando «muy
deprisa» por su lado y en una situación que en
ese momento era propia de la vida
cotidiana.
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