martes, 21 de febrero de 2012

E-PESIMO AUXILIAR 1: 11-M: INDICIOS DE FALSO TESTIMONIO EN EL JUICIO CONTRA EL PRINCIPAL CONDENADO DEL 11-M



11-12-2011

http://e-pesimo.blogspot.com/2011/12/11-m-indicios-de-falso-testimonio-en-el.html


  SOBRE LOS INDICIOS DE FALSO TESTIMONIO:

 «SABÍA QUE ALGÚN DÍA APARECERÍA 

ALGO PORQUE NO HE HECHO NADA»

/ SOBRE SU RÉGIMEN DE AISLAMIENTO:

 «DENTRO DE POCO ESTARÉ EN SILLA DE 

RUEDAS»



Hacía cuatro años y medio -desde que el juicio por los atentados del 11-M quedó visto 

para sentencia- que no se difundía ninguna imagen de la única persona que ha sido 

condenada como autor del mayor atentado terrorista de la historia de Europa.


Pues ahí está: ése es Jamal Zougam en el locutorio del centro penitenciario de la localidad 

alicantina de Villena.


El preso marroquí pasa más de 20 horas al día en una celda de aislamiento, sin contacto 

con otros reclusos. Se encuentra enfermo, ha perdido más de 20 kilogramos de peso y 

tiene que usar gafas porque su vista se ha deteriorado, ya que apenas recibe la luz del sol.


Zougam tiene ahora 38 años y lleva los últimos ocho en el mismo régimen. Le quedan por 

cumplir otros 32 años y lo hará en esas mismas condiciones si no acepta reconocer su 

culpabilidad.


Los funcionarios de la prisión le han dado oportunidad de declararse culpable en múltiples 

ocasiones, y él ha seguido defendiendo su inocencia.


La única prueba de cargo en su contra es el testimonio de dos rumanas que, en el juicio, 

dijeron que viajaban juntas en el tren y que le vieron pasar «muy deprisa» por su lado.

Se trata de J-70, que tardó en acudir a identificarle nada menos que un año, pero que lo 

hizo sólo 15 días después de que los técnicos del Ministerio del Interior la descartasen 

como víctima del atentado y le cerrasen la puerta a las indemnizaciones. Tras acusar a 

Jamal Zougam, cobró 48.000 euros.

La otra es C-65, que contó en su primera declaración que la persona que le acompañaba 

en el vagón no era J-70, sino una mujer distinta.


Zougam ha conocido las informaciones de EL MUNDO que ponen de relieve que los datos 

que cuestionan la credibilidad de las testigos se ocultaron al sumario y, según las personas

 que le visitan en prisión, no le ha sorprendido que se haya descubierto que las testigos 

pudieron mentir.

Durante esta semana y las anteriores, ha contestado por escrito a varios requerimientos de

 este diario: «Sabía que algún día aparecería algo porque no he hecho nada. Yo no puedo 

perder la esperanza. Se ha cometido una injusticia brutal conmigo. Espero que el Estado

 de Derecho repare la barbaridad que hicieron jueces y fiscales. 


Deseo que se sepa la verdad».


El marroquí es el único de los condenados en el juicio de los atentados del 11-M que, más 

de tres años después de que su condena haya adquirido firmeza y se haya convertido en 

casi irrevocable, sigue defendiendo activamente su inocencia: «Como siempre he dicho, 

soy inocente y no tengo nada que ver con el atentado. 

Condeno éste y todos los atentados y condeno la violencia y el terrorismo vengan de 

donde vengan, y también condeno expresamente el terrorismo de Al Qaeda».


«Sigo en aislamiento en la cárcel de Villena. Estoy muy enfermo de artritis. He solicitado 

que me lleven al reumatólogo hace más de un año y todavía sigo esperando. Tengo 

dolores muy fuertes y a veces no puedo caminar. Si sigo así, dentro de poco estaré en silla 

de ruedas», relata el recluso marroquí, quien, antes de ser arrestado en la víspera de las 

elecciones generales de 2004, era un hombre fornido que acababa de contraer matrimonio 

y practicaba varios deportes.

EL MUNDO también le ha pedido a Zougam que haga un relato pormenorizado de su 

actividad durante el 10 de marzo, cuando los terroristas de la célula de El Tunecino -con 

los que no se ha demostrado que tuviese ningún vínculo- se preparaban para el atentado; 

y el mismo 11-M, cuando los islamistas que colocaron las bombas huyeron y él se quedó 

en casa y siguió yendo a trabajar, incluso después de que se difundiese el hallazgo de la 

prueba que podía incriminarle, la mochila de Vallecas.


«El 10 de marzo fui a trabajar, como siempre, sobre las 10.30 o las 11 de la mañana. En el 

locutorio estaban también Bakali y Zbakh [su socio y un empleado, respectivamente]. No 

recuerdo si fue el mismo día 10 o unos días antes, fui a un banco en Lavapiés a pagar 

varias multas por unos 400 euros. No recuerdo nada más especial ese día. Fue la misma 

rutina de todos los días.

No estoy seguro de si comí ese día en el restaurante Barraca o si fui a comer a casa de mi 

madre. Recuerdo que uno de esos días comí en casa de mi madre porque tenía que ir a ver 

un piso para alquilar. Me había casado en el consulado unas semanas antes y mi esposa 

seguía viviendo en casa de sus padres. En aquellos días estábamos viendo pisos para irnos 

a vivir juntos. Por la tarde, estuve todo el rato trabajando en el locutorio.


Sobre las 9.30, aproximadamente, me voy al gimnasio con Hassan Serrouk [que tenía una 

peluquería]. Estuve en el gimnasio hasta las 11.30.


También estaba allí Mohamed Bakali [no se refiere a su socio, sino a otra persona que se 

llama igual].

Después me fui a casa entre las 11.30 y las 12. En casa cené y me acosté. Estaban mi 

madre, mi hermana Samira y mi hermano Chaoui, con el que compartía habitación.


El 11 de marzo me levanté sobre las 9 o las 9.30 y desayuné con mi madre viendo la 

televisión. Samira y Chaoui se habían marchado ya. 


Hablé por teléfono con Chaoui para preguntarle por el tráfico.

Después fui al locutorio como siempre, la misma rutina de todos los días».

Esto es: un relato preciso, con detalle de horas, lugares y personas que podrían 

confirmarlo y que constituirían una prueba de descargo contra él.



La fiscal, el juez Juan del Olmo y el tribunal del 11-M prefirieron creer a dos rumanas sin 

nombre que decían ser capaces de recordar -en uno de los casos, un año después- el

 rostro de una persona que habían visto en un tren atestado de gente, pasando «muy 

deprisa» por su lado y en una situación que en ese momento era propia de la vida 

cotidiana.








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