NO LOGRO ENTENDER POR
QUÉ INCOMODA TANTO
A ‘EL PAÍS’ QUE UNA JUEZ QUIERA
CERRAR LOS
FLECOS DEL 11-M
El
corifeo dirigía el coro en las tragedias griegas, pero el diccionario mantiene
también que puede llamarse así a quien lidera una secta o tendencia. ¿Y puede
asimismo actuar como corifeo un grupo mediático? Que se lo pregunten a la
magistrada Coro Cillán, la titular del Juzgado de Instrucción número 43 de
Madrid, a quien un medio de comunicación acosa, insulta, persigue y se entromete
en su vida privada sin ningún pudor. Todo porque las investigaciones de la juez
sobre el 11-M no cuadran con sus intereses y los de su secta. Les podrán gustar
más o menos las pesquisas de la magistrada, pero de ahí a emprender una
furibunda campaña contra ella para lograr su muerte civil, vía desprestigio o
vía inspección del CGPJ, hay un abismo y supone un atentado contra la
independencia de los jueces.
Y
uno lo que reclama no es censura para las páginas de opinión de los diarios,
sino veracidad y rigor para las de información. Porque si ese medio para lograr
sus objetivos pretende ir más allá de los límites del periodismo, que contrate
a un abogado, se persone en la causa y se someta al procedimiento procesal. Si
no está de acuerdo con los autos y providencias de la magistrado, que recurra a
la Audiencia
Provincial , como hacen los letrados de los encausados. Sin ir
más lejos, hace unos días, la letrada María Ponte ha ganado un recurso a favor
de su cliente, el ex jefe de los Tedax, Sánchez Manzano, y no pasa nada. Lo que
no logro entender es por qué incomoda tanto a El País que una juez,
soberanamente, quiera cerrar algunos de los flecos del 11-M. ¡Qué daño hace al
sistema democrático! Si lo que se persigue es que no se destruyan pruebas y que
no se pasen páginas en blanco, qué tiene de malo que una magistrada, desde su
celo profesional e independencia judicial, luche para que se esclarezca la
verdad. Por qué esa obsesión por destruir su imagen personal y criminalizar sus
decisiones judiciales. Dejemos a Cillán que haga libremente su trabajo y que
decidan las instancias superiores o los tribunales en su momento. Lo contrario
se define como campaña de acoso y derribo. Y no es la primera vez.
Tenemos
los antecedentes de Garzón, Moreiras o Gómez de Liaño. Garzón, a quien ahora
elevan a los altares, fue perseguido implacablemente cuando se atrevió a
investigar a los GAL o la biutiful de la operación Nécora porque perjudicaba
los intereses de la secta felipista. A Gómez de Liaño lo masacraron desde sus páginas
hasta que lograron su inmolación y expulsión de la carrera judicial a raíz del
caso Sogecable, pero también por la instrucción del caso Lasa y Zabala. Y a
Moreiras también consiguieron que lo echaran de la Audiencia por atreverse
a investigar a Antonio Navalón por el caso Argentia Trust. El bróker Navalón
era uno de los intocables del clan y no podían permitir que cayera en
desgracia. Después, el ex periodista radiofónico logró que Garzón se aproximara
al redil.
Ahora
le toca el turno a Cillán y me resisto a pensar que sea sólo por el 11-M. La
diferencia estriba en que en las tragedias griegas el corifeo se limitaba a
dirigir el coro por el bien de la función y aquí se pretende alcanzar la muerte
civil y profesional de Cillán.
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